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Columnas de Opinión

Calidad educacional: una propuesta ¿demasiado obvia?

El problema central de la educación chilena, tal vez el principal, es su mediocre calidad. Todos los estudios y mediciones revelan bajos niveles de competencia y lógica cuantitativa; graves insuficiencias en comprensión y expresión; más generalmente, revelan la insuficiente capacidad de nuestros alumnos de pensar por sí mismos.

Por cierto, mejorar la calidad de la educación es tarea compleja. Requiere esfuerzos coordinados en múltiples dimensiones. Entre otras, mejora de la docencia, pues con docentes mediocres o poco motivados ninguna reforma resultará; directores con liderazgo, que alienten y no ahoguen, innovaciones pedagógicas; mejoras institucionales que permitan una gestión profesional, con control de calidad y economías de escala. Todos estos cambios pasan por más recursos – cosa reconocida por todas las candidaturas presidenciales, pues no se puede pretender una educación del primer mundo con presupuestos del tercer mundo.

Mas, no basta con más recursos. En los últimos 20 años se ha casi quintuplicado el gasto en educación sin avances significativos en calidad. Esto se debe en gran parte, en mi opinión, a la forma en que se estructuró la subvención escolar, en función del número de estudiantes que asisten a clase y no a cuánto aprenden los jóvenes. La subvención afecta la calidad a lo sumo indirectamente. Se supone que habría una presión de los colegios a mejorar calidad en la medida que los padres retiraran a sus hijos de los colegios mediocres y los mandaran a colegios mejores. Desgraciadamente, los pobres resultados muestran que este efecto indirecto sobre la calidad no se ha dado, salvo marginalmente, sea porque los padres privilegian colegios cerca de su casa, sea porque no conocen bien la calidad académica de los colegios a su alrededor.

Pese a que la subvención ha estimulado un fuerte incremento en la matrícula de los colegios particulares subvencionados, no ha mejorado significativamente ni la calidad de la educación municipal ni de la misma educación subvencionada. Más aún, los aparentemente mejores resultados de la educación subvencionada respecto a la municipal se explican por el mayor grado de vulnerabilidad socioeconómica de los alumnos municipales y no por la mejor calidad de la educación subvencionada. O sea, la ruta indirecta en que la subvención habría de mejorar la calida no ha funcionado.

En vista de esto, la obvia pregunta es ¿por qué no ligar directamente la subvención a la calidad de la educación y al desempeño estudiantil con lo que se incentiva directamente a los colegios a educar mejor más que a ampliar su matrícula? Propongo que todos los futuros incrementos en la subvención se paguen, no en función de cuántos alumnos asisten a clase y calientan un pupitre, si no en función de los resultados académicos de esos alumnos, ajustado, por cierto, por vulnerabilidad o nivel socioeconómico. Como fórmula operacional sugeriría una subvencion ligada a cuánto se eleva el SIMCE de cada alumno respecto a su SIMCE anterior. Recibirá más, por tanto, el colegio que eduque mejor a sus alumnos (eleve más los SIMCEs) y no el que expande más su matrícula.

La fórmula precisa para premiar resultado puede ser discutida. Mas, lo importante es pasar de subvencionar mera asistencia a subvencionar resultado académico. Con incentivos así, en función directa de la calidad, los colegios – sean municipales o subvencionados – se esforzarán en reclutar mejores directores y docentes y pagarles mejor, premiar iniciativas innovadoras, y, en definitiva, despertar lo mejor en sus alumnos. Al alinearse así los incentivos a los colegios con el objetivo de lograr mejoras continuas en resultados académicos, nuestros colegios estarían finalmente en la senda de alcanzar la calidad educacional de los colegios del primer mundo.
Joseph Ramos
Profesor
Facultad de Economía y Negocios
Universidad de Chile