Filosofía tributaria y dogmas de fe
Viernes, 30 de Abril 2010

Diario Financiero.-En esta columna analizaré la filosofía tributaria. Antes, quiero partir por destacar el coraje y visión de país del presidente al impulsar una reforma tributaria, a pesar de la oposición de gran parte de la UDI. El ha roto con una especie de “dogma de fe” entre muchos economistas de derecha que decía que cualquier aumento de impuestos es malo, y perjudica el crecimiento. Este pensamiento generalmente es válido y lo enseñan en los primeros cursos de micro economía. La excepción a esta regla son los impuestos buenos que corrigen externalidades; es decir, los impuestos a los males. Por ello, la mayoría de los economistas tiende a apoyar alzas de tributos a los alcoholes y al tabaco. Cuando se re distribuye la carga tributaria; subiendo algunos impuesto y bajando otros, el efecto sobre el crecimiento dependerá de los cambios en su conjunto. Adelanto que éste es el caso de la actual reforma tributaria propuesta por el Ejecutivo; la cual en verdad no es un alza tributaria, y claramente es pro crecimiento. En una próxima columna analizaré en detalle la propuesta del Ejecutivo.
En cursos de economía avanzados se demuestra, que si la función de utilidad de una sociedad es maximizar el bienestar de sus ciudadanos, puede ser óptimo aplicar impuestos sobre la extracción de recursos no renovables, especialmente si el país tiene cierto poder de mercado -caso del cobre en Chile. También se enseña que es mejor o mejora el bienestar social aplicar impuestos para compensar otras distorsiones (teoría del second best). Este es el caso, por ejemplo, de eximir de IVA a los artistas nacionales dado que los artistas internacionales están exentos de IVA y son sustitutos a los nacionales; o eximir de IVA los libros impresos que son sustitutos de los electrónicos que no pagan IVA.
Existe otro dogma de fe entre ciertos economistas: “incentivar el ahorro siempre es bueno, dado que conlleva mayor crecimiento”. Es cierto que mayor ahorro implica más inversión y crecimiento futuro. Sin embargo, para que sea un tautología que mayor ahorro es siempre bueno, se debe considerar una función de utilidad que valora más el consumo futuro que el presente, tema cuestionable en sí mismo y no demostrable. Personalmente valoro más el consumo de la generación actual que el de las futuras, ya que las del futuro tendrán más. Valoro más ahorro presente sólo en la medida que éste se puede invertir rentablemente y el país no tenga otra manera de financiar las inversiones. Hoy, Chile tiene capacidad para financiar inversiones sin recurrir al ahorro forzoso de los más necesitados. Para “quitarles” consumo a las generaciones actuales, éstas deben tener acceso a un estándar de vida razonable. No creo en sacrificar a los más necesitados de hoy, bajándoles su consumo, para que el país pueda ahorrar más para que las generaciones futuras tengan más. Los frutos del mayor ahorro actual lo captaremos mayoritariamente las personas que más tenemos y nuestros herederos. Además, como el PIB per cápita está creciendo, las futuras generaciones serán más afortunadas que las actuales “ceteris paribus”.
La estructura tributaria chilena ha privilegiado el ahorro durante los últimos 25 años. Por esto, la tasa de impuesto a la renta de las personas es alta (hasta 40%) y baja a las empresas (17%). El pago de las empresas es además crédito contra el pago de las personas. Se incentiva el ahorro de la empresas, y se “castiga” el reparto de dividendos a personas, ya que deberán tributar la diferencia entres su tasa de impuestos y el 17% pagado por la empresa. Para incentivar aún más el ahorro y no reparto de dividendos de las empresas, se eximieron de impuesto las ganancias de capital las acciones con presencia bursátil, se crearon los Fondos de Inversión Privada (FIP) que no tributan sobre utilidades devengadas, se crearon las sociedades acogidas al 14BIS, y se permitió ahorrar sin límite y sin pagar impuestos en las AFP vía depósitos convenidos.
Un problema del sistema tributario chileno radica en que el impuesto a las personas de 40% es “expropiatoriamente” alto y el de las empresas tan relativamente bajo que hay incentivos fuertes a eludir y evadir impuesto. Por ello, sugiero nivelar la cancha subiendo el impuesto de las empresas a 30% sobre utilidades que superen los $400 millones, bajar el impuesto máximo a las personas a 30%, eliminar todas las franquicias tributarias, y penalizar la evasión.
Paul Fontaine
Economista
Diario Financiero
Viernes 30 de abril del 2010