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La esperanza y el cálculo

Viernes, 27 de Agosto 2010

ANTE LOS DESASTRES, ante lo maravilloso e incluso ante lo inexplicable, la fotografía sigue siendo un registro extraordinario. Para algunos, la imagen "congela" la realidad, pero la experiencia nos dice que cuando vemos una imagen sentimos que el hecho revive. O mejor: adquiere una dimensión insospechada. Como en los relatos de Chéjov o Hemingway, donde hay una historia que corre por debajo de la narración principal y que es la que de verdad importa, las grandes fotografías son capaces de sugerir los acontecimientos latentes.

El año 2010 podría cristalizarse en dos fotografías. Primero está la del hombre que sostiene la bandera chilena en medio de un paisaje apocalíptico: restos de techos de zinc, trozos dispersos de madera y mucho barro, porque Pelluhue fue uno de los tantos pueblos arrasados por el tsunami que vino después del terremoto. La imagen es de Roberto Candia y quien sostiene la bandera, mitad perplejo y mitad seguro, como diciendo "todavía estoy -estamos- aquí", es Bruno Sandoval, un artesano que después del terremoto volvió a la zona donde vivía. Su casa, sin embargo, ya no estaba. El mar, que se llevó a muchas personas aquella madrugada, puso ante él una bandera sucia y rasgada, como una metáfora cruel del rostro de Chile.

La otra fotografía es, en cierta forma, la antítesis de la anterior: es el rostro de la esperanza, el comienzo del fin de una tragedia que tuvo a todo el país pendiente 17 días. Porque esos ojos que brillaban en medio de la oscuridad, esa cara difusa, pero vivísima, eran irrefutables: los mineros atrapados a 700 metros de profundidad estaban a salvo.

La alegría que provocó esa imagen se expresó de manera espontánea: la gente salió a las calles tocando la bocina, como si se tratara de un partido de fútbol. Cuando todo parecía perdido, la realidad adquirió contornos de prodigio. Había que celebrar y había que convencerse de que las cosas buenas también suceden, a pesar de lo que dice el sentido común o la fría estadística. La mirada de Florencio Avalos (el minero retratado) es el triunfo de la esperanza, la inteligencia y la disciplina, pues él y los otros 32 mineros han sabido cómo resistir en las condiciones más extremas que uno pueda imaginar. Y han sido solidarios: lo primero que preguntaron al ministro Golborne fue por el destino de otros compañeros que iban saliendo de la mina al momento del derrumbe.

Aunque recién comienza un arduo y lento proceso de rescate, no hay razones para ser pesimistas. Hay quienes hablan de los dividendos políticos que va sacar el gobierno, del sentido de oportunidad para dar tal o cual información o de que ni un milagro borra las deficientes condiciones laborales de esta industria. Son los viejos tics de la desconfianza y la amargura. Se piensa que todo se hace mirando el barómetro de las encuestas. Lo único que contaría es el irrefrenable apetito de popularidad, poder o dinero. Es cierto que cualquier político inteligente evitará entrar en conflictos que le arrojen dividendos negativos, pero de ahí a suponer que todo se hace con calculadora, como si alguien, además, pudiera controlar todas las variables en juego, resulta verdaderamente novelesco. Así es como se empieza a degradar la política. No es muy sano ponerle oído a tanto calculador. Es preferible escuchar la realidad.

Alvaro Matus
Periodista
Publicación La Tercera
26/08/2010.

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